jueves, diciembre 13, 2007

Signos monetarios

"La teoría de los signos monetarios es, como todas las teorías sanas, fecundas y progresistas, una íntima combinación de materialismo e idealismo. Los signos monetarios, señores diputados, representan necesariamente una porción de algo que tiene valor; no caben en el mundo signos monetarios que nada concreto representen, como los que pretendía que circulaban en este país el charlatán Lorini, traído pago de Europa para enseñarnos lo que era la moneda argentina Eso no existe, ni en la Argentina, ni en ninguna otra parte del mundo. Todo signo monetario representa, poco o mucho, algo de una substancia que tiene valor; y en el mundo actual los signos monetarios representan una cantidad, grande o pequeña, de esa substancia que tiene valor, y se ha tomado como medida de los valores: el oro.
Si hay, pues, señores diputados, un gran progreso idealista en que a alguno se le haya ocurrido simbolizar con un pedazo de papel un poco de oro, para sustituir este material costoso en la circulación monetaria; si hay también un progreso idealista en que la gente se acostumbre a recibir pedazos de papel en cambio de cantidades de oro, esto no se puede separar de la convicción materialista, absoluta y permanente, de que los signos monetarios han de representar algo que tenga valor, algo concreto, algo conocido, algo que todo el mundo sepa lo que es.
Por otra parte, señores diputados, los signos monetarios al circular en el mundo en un sentido inverso de los valores a cuyo movimiento ayudan, no tienen ese valor representativo sino en cuanto los objetos que circulan en el comercio, los valores efectivos que circulan en el comercio en forma de mercancías, en un sentido opuesto a la circulación de esos signos, son equivalentes al valor representativo que se ha atribuido a dichos signos. No es posible hacer que cien millones de pesos papel representen, en ningún momento, cien millones de pesos oro, si en ese momento no circulan en sentido inverso, sino ochenta millones de pesos oro bajo forma de mercancías.
Los valores son todos medidos en oro. Desde el momento en que los valores circulantes efectivos, medidos en oro, suman menos que el valor atribuido a los signos en circulación, los signos se deprecian en la misma proporción en que son redundantes, en que son superfluos, en que están en exceso sobre la necesidad real de signos monetarios.
Estamos, pues, señores, en el segundo aspecto materialista de la teoría de los signos monetarios, como representación de valores que circulan en cambio de algo que tenga efectivamente el valor atribuido a esos signos.
Y ahora, la tercera faz materialista de la cuestión, señores diputados: podría decirse que siendo así que los signos monetarios tienen una capacidad real para servir como numerario, siendo así que representan eficazmente valor y que sirven para el tráfico de mercancías y en servicios, no habría necesidad de que circularan signos monetarios, siempre que se conociera el límite exacto en que se les ha de mantener, siempre que los poderes públicos encargados de su emisión, supieran con exactitud qué monto de signos monetarios han de lanzar a la circulación.
Pues bien, señores diputados: nadie pretende que este límite sea conocible; no hay gobierno en el mundo ni hay autoridad financiera o económica en la tierra, que pueda decir en un momento dado en un país: hoy deben circular tantos millones de pesos oro.
El único criterio, también materialista, de que la circulación de signos no excede de la legítima medida, es que circulen al lado de los signos monetarios, cambiándose a la par y en condiciones que estos merezcan la misma confianza, piezas de oro acuñado, es decir, valores efectivos, respecto de cuya validez nadie puede dudar.
Por eso es que en los países donde se han hecho emisiones de signos monetarios, medida muy inteligente de economía en el numerario, se las limita de modo que circulen siempre simultáneamente piezas de oro, como circulan, alternando con el papel, en Estados Unidos, Alemania, Francia e Inglaterra.
Nosotros, señor presidente, no estábamos en esta situación, debido a las anormalidades de nuestros antecedentes monetarios, y porque la costumbre de usar papel se ha arraigado en el país a tal punto, que todo el oro que circulaba ha ido a disfrazarse de papel en la caja de conversión antes de empezar a circular; pues hasta el sábado circulaban en el país cientos de millones de pesos papel inmediatamente cambiables por oro al portador en la Caja de Conversión, y por eso todo el mundo tomaba todos los pesos papel por 44 centavos oro.
La situación ha cambiado desde entonces, y desde entonces el signo monetario argentino ha sufrido desmérito. Porque estas cuestiones, señor presidente -y aquí viene otro punto materialista- no son cuestiones de fe; ha sido el defecto inveterado de los financistas argentinos el hablar de fe y de confianza cuando se ha tratado del papel moneda; y todavía en la mala literatura económica que aparece en algunos diarios que se creen muy autorizados, se usa y se abusa de la expresión "moneda fiduciaria", expresión que podemos nosotros abolir para siempre sin menoscabo de nuestro léxico útil.
No es cuestión de fe; todos los datos que acabo de enumerar y que son evidentemente ciertos, muestran que el signo monetario no necesita tener tras sí ninguna reserva de oro, si ha sido emitido en la cantidad que el mercado local en ele momento de la emisión puede recibir; y también prueban que cualquier reserva de oro escondida, que cualquier tesoro que se nos diga que está en alguna parte, dispuesto a ser entregado alguna vez, cuando los señores que mandan lo quieran, para ponerlo en circulación en cambio del papel, tampoco es una garantía; esa fe no sirve para mantener los signos con el valor nominal que tenía antes, si hay exceso de billetes en circulación.
(...) El agio, pues, está establecido; la depreciación del billete argentino es un hecho, por la sencilla razón de que se ha cerrado la caja de conversión cuando era más urgente abrirla y cuando el oro que estaba allí quería salir para que se retiraran de la circulación signos monetarios en exceso, billetes redundantes, billetes superfluos, que están ahora empapelando realmente al país.
Se ha producido, pues, el agio con todas sus consecuencias, la más grave de las cuales -pero no tal vez la más desagradable para algunos señores capitalistas- es la influencia sobre los precios de las mercancías, manifestación del agio para comprender la cual es necesario un estudio mucho mas prolijo que el del agio en el precio de las monedas de oro en las casas de cambio, o el precio del oro en la Bolsa de Buenos Aires, así que la Bolsa se reabra.
Los precios en papel, los precios en signos, expresan el valor de las cosas medido en oro, y, siempre que los signos pasen a representar menos oro, el precio de una cosa, aunque su valor en oro no haya cambiado, se traduce en mayor numero de esos signos.
En estos momentos ya hay un motivo de alza en los precios de algunos productos del país, por las dificultades del aprovisionamiento de los ejércitos europeos, que determinan una demanda grande carne y de trigo, a tal punto que el Poder Ejecutivo nacional ya se cree en el caso de ponerse a intervenir en operaciones en carne y trigo.
Pero a esa circunstancia de carestía y a as otras que ya reinaban en el mundo, se ha venido a agregar en estos días la depreciación del papel. He dicho ya que la depreciación es hoy de un 10 por ciento.
(...) ¿Pero cuándo se ha visto que un país que emita más papel sea un centro de atracción para el oro?
Nuestra larga experiencia prueba que mientras un país emite papel hace alejar el oro; entre nosotros se emitió papel y más papel y el oro no venía al país sino en cantidades insignificantes. Ha sido preciso que se dejara de emitir papel sin equivalente en oro para que este metal llegara a acumularse en la cantidad que conocemos.
(...) Se pretende también que es para que los particulares no se metalicen, y se dice que mucha gente extraerá de la Caja de Conversión, sin objeto, el equivalente en oro del papel que tienen en el bolsillo, con el fin de atesorarlo en la almohada o en la pata del catre.
Pudiera ser que, efectivamente, hubiera cierto número de personas con ese modo de pensar, pero no tienen mayor importancia. Jamás los retiros de oro por ese motivo pueden llegar a extremos considerables, sería un detalle, una cantidad despreciable, y nosotros no podemos, no tenemos derecho de oponernos a la tendencia atesoradora de esas personas, puesto que no tenemos motivo para exigirles mayor cordura que la que ha mostrado el Poder Ejecutivo de la nación al cerrar violentamente la Caja de Conversión. Si ha habido un error respecto del atesoramiento, si hay alguien que esconda el oro sin motivo, no debe ser el estado argentino, entidad política a la cual se le puede exigir mayor inteligencia y mayor conciencia en estas cuestiones".

Juan B. Justo, en la Cámara de Diputados de la Nación, 7 de agosto de 1914.

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