"Una de las paradojas más inevitables es que en la batalla, el vencedor, para vencer, necesita que el vencido le ayude. Es una abstracción hablar de la fuerza de un ejército. La fuerza de un ejército depende de la del otro y uno de sus ingredientes es la debilidad del enemigo. Cabe decir que la mitad de nuestro ser radica en lo que sean los demás, y no se debiera olvidar que nuestro perfil depende en buena parte del hueco que los demás nos dejen.En rigor, todo perfil es doble y la línea que lo dibuja es más bien sólo la frontera entre ambos. Si de la línea miramos hacia dentro de la figura vemos una forma cerrada en sí misma, a lo que podemos llamar un dintorno. Si de la línea miramos hacia fuera vemos un hueco limitado por el espacio infinito en derredor. A esto podemos llamar el contorno.
Sin contorno no habría dintorno y por esta razón no puede definirse claramente un fenómeno histórico si después de decir lo que él es no añadimos lo que es su ambiente.
Hay casos en que basta con enunciar el dintorno de un movimiento político. En las épocas normales y bien constituidas la realidad histórica se ha creado un vocabulario de apariencias que expresa adecuadamente su oculta intimidad. Así, hace cincuenta años, los llamados liberales eran, en efecto, liberales, y conservadores los conservadores. Pero en otras épocas -y a ellas pertenece la actual- la realidad histórica ha cambiado sin haber conseguido aún crear su nuevo lenguaje. Entonces, las apariencias son forzosamente equívocas y en vez de constituir un idioma que expresa directamente la realidad se traban en un jeroglífico que la oculta.
El fascismo y los productos similares de otras fábrics aparecen de hecho combatiendo las fuerzas que solían llamarse liberales y democráticas. Pero a nadie sorprende que éstas sean atacadas, puesto que no han dejado de serlo nunca. Recuerde cada cual sus primeras impresiones en la hora de explotar el fascismo o sus congéneres y advertirá la sorpresa, antes que a éstos, se dirigía a la conducta de aquellas otras fuerzas. Al preguntarnos qué es el fascismo, la primera contestación que todos nos hemos dado era una segunda pregunta. "¿Qué hacen los liberales, los demócratas?"Como si cierto instinto intelectual nos hiciera sospecha que la clave de la situación, lo esencial del fenómeno, el síntoma más original no estaba tanto en la acción del fascismo como en la inacción del liberalismo. Nuestra atención transitaba instintivamente del dintorno al contorno.
El caso no tiene nada de insólito. Yo le diría a usted que esta necesidad de definir un movimiento político más por su contorno que por su dintorno no la he sentido por primera vez con ocasión del fascismo, sino mucho antes, bajo el influjo de determinadas lecturas históricas. Se trata de una experiencia que cualquiera puede hacer sin gran dificultad. Léase un libro sobre historia romana. El lector advertirá que más o menos va entendiendo el desarrollo de los sucesos hasta llegar al año 70 antes de Cristo, que es, próximamente, la época en que aparece Julio César. En aquel punto empiezan a ponerse oscuras las cosas. Y, sin embargo, es el período de toda la historia romana que ha llegado a nosotros con mayor número de datos. Podemos reconstruir casi día por día la serie de los acontecimientos con palabras de sus propios actores. No obstante, no acertamos a comprender por qué avanza, de triunfo en triunfo el movimiento representado por César.
La dificultad que hallamos es idéntica a la que sentimos ante el fascismo. Más que triunfar César sobre los demás, nos parece que son los demás quienes dejan triunfar a César. Al verle prescindir, una tras otra, de las instituciones establecidas, no podemos menos de preguntarnos qué hacían los republicanos, o, mejor dicho, por qué no hacían nada los republicanos. Pues en ningún momento vemos que la situación de César sea por sí misma suficientemente sólida. Al contrario, nos parece constantemente en peligro y como en el aire. Cuando intentamos hacer balance de las fuerzas positivas con que contaba, aunque no las juzguemos desdeñables, no nos bastan para explicar su victoria.
No quiero decir con esto que la época de César sea como la nuestra. No creo que las épocas históricas puedan nunca identificarse. Pero sí pienso que el tiempo de César y el nuestro tienen algunos factores comunes nada vagos, sino, por el contrario, muy concretos, al lado de otros completamente opuestos. De aquí que sea útil comparar no ambas épocas, sino estrictamente ese grupo de factores comunes a una y a otra. Para darle un nombre, podría decirse: fascismo y cesarismo tienen como supuesto común el previo desprestigio de las instituciones establecidas.
Sobre este desprestigio, que no es exclusivo a Italia, se ha hablado mucho, pero sin reconocerle la debida importancia. Se supone que es un hecho superficial, transitorio, originado en abusos particulares de estos o de los otros hombres encargados de ejercer los diferentes poderes, de suerte que una simple corrección de tales abusos traería nueva autoridad y como virginidad a los usos.
Yo creo, por el contrario, que se trata del síntoma más grave en toda la vida pública contemporánea. Procede de modificaciones radicales en las ideas y los sentimientos del europeo, y él va a ser el agente secreto de todo el largo proceso en que ahora ingresan las naciones continentales, quién sabe si también Inglaterra".
José Ortega y Gasset, fragmento de "Sobre el fascismo", 1925.
1 comentarios:
Sun Tzu puro.
Debemos repasarlo con frecuencia.
Pero para las perradas, tampoco soslayemos a Maquiavelo.
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