“La carestía está agravada en nuestro país por las leyes en vigencia, llamadas leyes de emergencia, pero que ya no lo son, pues la emergencia ha pasado en todo sentido y se pretende indebidamente darles a esas leyes un carácter permanente. Está agravada, señores diputados, porque nuestro país produce ante todo artículos indispensables para la subsistencia del pueblo, y esos artículos, como acabo de mencionarlo, son los que más han subido en el mercado universal; luego no hay ningún nivel de vida que se haya deprimido tanto en el mundo como el del trabajador argentino, a consecuencia de la reciente carestía producida en el mundo después de la guerra. Y está agravada también por las medidas monetarias últimamente tomadas.Estas medidas monetarias, señores diputados, obran de distintas maneras. En primer lugar, desmerecen artificialmente el valor del oro en este país. Cualquier medida que estorbe la libre circulación del oro en el mundo, que lo estanque en un lugar determinado, desmerece el valor del oro en ese lugar; regla por otra parte que rige para el valor de cualquier otra cosa de las que circulan o pueden circular en el mundo. En este país, la prohibición de la exportación del oro hace que el oro en manos de sus tenedores valga menos que en ningún otro país que lo deje circular libremente.
El señor ministro no nos ha dicho siquiera que piense levantar la prohibición de la exportación del oro; él carga con su responsabilidad con una tranquilidad de ánimo que me asombra; se le autoriza a prohibir, prohíbe, mantiene la prohibición y nos promete, que la prohibición será definitiva hasta que termine la guerra, según me parece haber entendido.
Es un modo de ver y proceder que me asombra realmente. Creo que estas cosas se pueden resolver así, de improviso, por quince días o por un mes, para asumir una actitud de franca prohibición de la exportación de oro en un país moderno, íntimamente vinculado al mercado universal con ese carácter de duración y permanencia, es una de las atribuciones más extraordinarias que puede, a mi juicio, tomarse un gobierno.
Estamos por la ley en una situación análoga a la de España cuando después del descubrimiento de América vio inundarse sus plazas y mercados de la plata y del oro de sus colonias, y prohibió las exportaciones de sus metales preciosos creyendo enriquecerse más, y más pronto. El resultado fue un desastre completo de la economía de aquella nación, explicado hace 140 años por Adam Smith en s famoso libro; y conocemos la triste historia ulterior económica de ese país a consecuencia, en parte, de los errores cometidos en su política monetaria. Yo espero que el error nuestro no ha de durar tanto, porque felizmente los ministros de hacienda y aún los presidentes de la República duran menos que las dinastías en España.
La medida fue tomada bajo el influjo de la guerra europea, intimidados por aquella catástrofe, cuyas consecuencias no podemos aún medir, en momentos en que éramos capaces de cualquier cosa, que en el peor de los casos sería un error menor que los que cometían los gobernantes en Europa.
Aquella medida se basó, según la expresión repetidas veces enunciada en esta cámara, en que el oro nos abandonaría. Y bien, señores diputados: sabemos que lejos de ocurrir eso con el oro que estaba en el país, ese oro se ha quedado; que ha venido más oro y que en las legaciones argentinas el oro se está acumulando a montones. No hay, pues, motivo alguno para que insistamos en mantener la prohibición de la exportación del oro.
Los gobiernos europeos quieren oro, nos ha dicho el señor ministro de hacienda. Él nos ha dicho también con mucha razón, que el oro hace falta para la guerra. Quiere decir que hará falta para comprar los elementos necesarios para hacer la guerra y mantener a los ejércitos; pero ese oro que han acumulado los gobiernos europeos y que comienza a escapárseles de las manos, es justamente el oro que viene aquí o que está disponible en las legaciones argentinas. En Europa quieren oro para comprar nuestros productos: estamos, pues, garantizados, mientras no entremos en guerra, de tener un aflujo creciente y regular de oro hacia nuestro país.
(…) Y por fin, señores diputados, y éste es un punto de vista nuevo, porque la historia nos lleva cada vez a situaciones distintas: tenemos que considerar también que la prohibición de exportar oro es una restricción al desarrollo del capital argentino, a la expansión del capital argentino. Toda nación moderna, toda nación gobernada por una clase gobernante como la argentina, aspira necesariamente a llevar sus empresas más allá de sus fronteras. Concebimos todos que alguno de nosotros quiera adquirir un campo en la República Oriental del Uruguay, o desee adquirir un fundo chileno, o establecer una empresa en Bolivia; pero ¿cómo vamos a poder hacer todo esto si no tenemos la posibilidad de exportar oro?
La exportación eventual de oro es indispensable para que las empresas argentinas puedan ir más allá de los límites del país.
Sería impropio que cuando se tuviera que llevar a cabo alguno de estos fines tuviéramos que ir a pedirle permiso al banco de la nación, a decirle: cámbienos unas monedas para llevar nuestro capital al extranjero.
El estado actual de las cosas desmerece el valor del oro en nuestro país, y al desmerecer el valor del oro, se agrava la carestía local, y estas mismas leyes, señores diputados, desmerecen el papel moneda con el cierre de la caja de conversión.
(…) El estado actual argentino, en lo que se refiere a la moneda, tiene otro vicio, señores diputados: encarece la vida, facilitando artificialmente la exportación de los artículos de producción nacional, artículos que son indispensables para el consumo popular, exportación que hemos de admitir mientras sea espontánea, sana y equilibrada, pero que no tenemos por qué fomentar artificialmente. Y esto es lo que sucede con la ley 9480, sobre depósitos de oro en las legaciones.
Para el comercio de exportación argentino ya no rige el estado normal del comercio internacional, en que quien exporta tiene que pensar en lo que se importa, en que los exportadores han de preocuparse de saber cuáles son los consumos que se hacen en el país de donde extraen las mercaderías, porque es de todo punto de vista conveniente que la corriente de los productos sea recíproca, que los mismos buques que llevan los productos de un país a otro vuelvan cargados con los productos del país que recibe los primeros; y también es conveniente, en todo sentido, que los pagos que deben hacerse de un país a otro se equilibren, lo que se hace por medio de esa operación comercial que se llama de los cambios. Actualmente, para los que exportan productos argentinos no existe el problema de los cambios. Saben que con 2.20 francos en Europa compran seguramente lo que aquí se puede comprar con 44 centavos oro. Y esa es una situación ficticia, artificial y violenta que favorece la exportación de los productos necesarios para el consumo de los trabajadores argentinos y encarece la vida en nuestro país. Y la encarece también dificultando la importación, otra circunstancia a que no se ha referido el señor ministro. Es evidente que todo lo que facilite artificialmente la exportación en cuanto al pago de los productos que se exportan, dificulta los pagos de la importación”.
Juan B. Justo, fragmentos de un discurso en la Cámara de Diputados de la Nación, 21 de mayo de 1915.
5 comentarios:
¡Liberales eran los socialistas de antes!
¡Socialistas son los "liberales" de ahora!
Con un socialista así para qué queremos liberales.
Nuestros "liberales" actuales no entienden un pepino lo que tan bien expone Juan B. Justo. No hace ni más ni menos que desmentir los mitos mercantilistas, favorecer el libre comercio, la globalización y una moneda fuerte contra la inflación.
Una joyita. Lo que daría por un discurso así hoy en el congreso.
De Recrear lo echarían por "fundamentalista de mercado"...
Son muy buenos también sus discursos contra la creación de bancos estatales y los de Dickman y Repetto contra la disolución de la caja de conversión.
A todos ellos pude conocerlos en el libro de Meir Zylberberg "Las raíces totalitarias del fracaso argentino".
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